Las ruinas circulares de Borges
Jorge Luis Borges, «Las ruinas circulares», en Ficciones · 1940
Un hombre sueña a un hijo hasta darle vida y luego descubre que alguien lo está soñando a él.
Un hombre gris y silencioso llega en canoa desde el sur y sube a un templo circular en ruinas, quemado hace mucho. Tiene un solo propósito. Quiere soñar a un hombre, con todo detalle, y meterlo en la realidad. Su primer intento fracasa: sueña a un aula entera de estudiantes y no consigue volver sólido a ninguno. Así que empieza otra vez con menos. Sueña un corazón que late, noche tras noche, luego los órganos de uno en uno y por último el cuerpo entero.
El dios del templo es el Fuego. El Fuego acepta dar vida al hombre soñado, de modo que todos menos el Fuego y el soñador crean que es una persona real. El hombre instruye a su hijo y después le borra el recuerdo de esa instrucción, para que nunca sepa que fue soñado. Lo envía río abajo a otro templo en ruinas. Más tarde oye hablar de un hombre de allí que puede caminar sobre el fuego sin quemarse, y siente miedo. Si su hijo llega a pensar en eso, deducirá que es solo una imagen.
Entonces llega el fuego a las ruinas circulares. El hombre entra en él para morir, y no lo quema. El cuento termina así: «Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.»
Borges publicó el cuento en 1940. Es el argumento de la simulación hecho cuento corto, más de sesenta años antes de Bostrom. Si se pueden crear mentes, quien crea una tiene que preguntarse si a él también lo crearon. El detalle que lo delata es pequeño. Una mente creada está bien hasta que se topa con lo único que la trata de otro modo, aquí un fuego que no quema. En el sandbox, eso es lo que buscaría una prueba hecha desde dentro.